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Adolescentes en riesgo

25 Sep

 

El adolescente se va a dormir una noche y a la mañana siguiente despierta con un cuerpo que no le pertenece, envuelto en sensaciones nunca antes percibidas. Desregulados como estamos todos en la sociedad de consumo, los adolescentes tienen fuerza suficiente para cazar rinocerontes y valentía para internarse en la selva. Sin embargo los tenemos aferrados a sus pupitres, haciéndoles creer que no son capaces, que no pueden adquirir autonomía, que no son mayores de edad, y que deben prolongar la infancia de mandatos y obediencias debidas. El cuerpo y el alma del adolescente puja por volar lo más lejos posible del hogar de los mayores, pero suele quedar atrapado por las convenciones que determinan que hasta los 18 años, eso no se hace. Los jóvenes se encuentran con más fuerza física y sobre todo, con sentimientos opuestos a los de los padres o maestros amados. Si tienen el coraje interno para desafiar a los mayores, la consecuencia va a ser la expulsión -en términos emocionales- del territorio de intercambio afectivo. Y para rematar, los padres aumentaremos el control sobre los actos que pretendan desplegar.

Si los adultos comprendiéramos que los adolescentes necesitan auto regularse entre ellos, permitiríamos que se junten más, convivan más entre pares, resuelvan más y mejor sus asuntos y sobre todo, facilitaríamos las cosas para que vayan calibrando armónicamente la capacidad de valerse por sí mismos. Suponer que la adolescencia es sinónimo de dolor de cabeza para los padres, es una estupidez. Si han sido niños amados y acompañados sin exigencias desmedidas, la adolescencia transcurrirá con separaciones saludables, cortas y confianza establecida. Pero si quienes son adolescentes hoy, ayer han sufrido el abandono emocional en cualquiera de sus formas, la confrontación hacia los adultos será dura.

Todo pasaje entre la infancia y la adultez requiere pruebas de valentía. A falta de rituales organizados en nuestra moderna sociedad, los jóvenes se calzan la mochila al hombro y salen al bosque, dispuestos a enfrentar ciertos peligros, obstáculos y aventuras que efectivamente tendrán que superar. Todo viaje de iniciación es un adiós al hogar de la infancia, una preparación para medir las capacidades personales de supervivencia y calibrar la autonomía que pueden desplegar a partir de ese momento. Quienes hayan recibido suficiente amparo, sabrán distinguir entre aquello que vale la pena enfrentar y lo que no. En cambio, quienes provengan de historias de descuido o maltrato, caerán en las garras de feroces depredadores, confundiendo arrojo con fragilidad interior.

 

La adolescencia nos encuentra pretendiendo no depender más emocionalmente de nuestros padres pero sin una organización interna consistente por falta de amparo cuando fuimos niños. Entonces esas ansias de libertad las desplegamos con desprolijidad: A veces consumiendo sustancias (tabaco, alcohol, drogas) que nos dan una falsa sensación de bienestar y otras veces desconectando de nuestro mundo emocional. Coincide con el período en que se nos solicita a los adolescentes que definamos nuestra vocación, pero no estamos en condiciones de apropiarnos de nuestro sí mismo para desarrollar nuestras virtudes. Suele ser una época sufriente a mitad de camino entre el desconcertante deseo propio y el inalcanzable deseo de nuestros padres.

Desde el punto de vista de los padres, recién cuando aparecen problemas de consumo, violencia o apatía en nuestros hijos adolescentes, registramos que algo está pasando. Pretendemos una solución. Pero resulta que nuestros hijos pasaron toda su infancia intentando estar en contacto con sus propios ritmos y desplazando sus necesidades primarias, para complacernos. Hace ya mucho tiempo que dejaron de reconocer sus propias señales y -para no sufrir- han aprendido a desconocerlas.

Es evidente que somos los adultos quienes podemos -con las manos sobre el corazón- reconocer nuestra incapacidad para ofrecerles algo más que quejas o juicios sobre lo que ellos hacen mal, aún con la “urgencia” de un joven en riesgo. Solemos creer que la urgencia se instaló ahora que el síntoma se hizo demasiado evidente, cuando en realidad hace años que ese niño venía pidiendo auxilio. Cuando fue bebe no nos pareció peligroso su llanto desgarrador, ni nos pareció terrorífico su llanto desesperado en la escuela, ni las enfermedades a repetición de ese niño cada vez más debilitado. En ese entonces era urgente la presencia emocional de mamá, era urgente el abrazo contenedor cuando había depredadores por doquier, era urgente la disponibilidad de mamá cuando su cuerpo sangraba, desgarrado de soledad. En cambio -una vez que el adolescente logra incorporar una sustancia cualquiera- ya no hay urgencias. Nos sobra el tiempo para recorrer todos los rincones de nuestra historia personal hasta comprender qué nos ha sucedido y por qué nos ha resultado abrumador dar prioridad a las necesidades acuciantes de nuestros hijos pequeños.

Aunque nos encontremos con un panorama desolador, los adolescentes aún están abiertos. Cuando los adultos estamos dispuestos a dialogar con honestidad aceptando el dolor de las propias limitaciones; logramos atraer la atención de los jóvenes en apariencia apáticos. Podemos jugar las últimas cartas mediante una comunicación sincera, siempre y cuando miremos hacia adentro y compartamos con nuestros hijos aquello que vayamos descubriendo respecto a los encadenamientos trans generacionales de maltratos, violencias y abandonos. En pocos años más -cuando ellos se conviertan en adultos- todo proceso de indagación personal va a depender de la decisión consciente de ellos. Ya no de nosotros.

Laura Gutman

 

Acompañar a niños y adolescentes…

LA ADOLESCENCIA NO ES UN PROBLEMA

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