La furia que calma el dolor

23 Nov

Estoy segura de que venimos al mundo para amar.
Eso es todo lo que tenemos que hacer: amar más y mejor.
Pero nacemos inmaduros. Por eso precisamos -durante toda nuestra infancia y adolescencia- ser amados por nuestra madre o por una persona maternante a través de sus cuidados amorosos, hasta que estemos en condiciones de valernos por nosotros mismos.
Lamentablemente parece que nuestra civilización propone todo lo contrario. De hecho gran parte de nuestras madres -a pesar de haber tenido buenas intenciones- no han sabido cuidarnos, no han podido protegernos, no han vibrado al unísono con nuestras percepciones, no han sentido nuestros obstáculos ni han acompañado el despliegue de nuestro ser esencial. ¿Por qué? Porque a su vez ellas mismas fueron alejadas de su propia interioridad, dentro de un encadenamiento trans-generacional antiguo.
La realidad es la que es. Si provenimos de infancias difíciles con diversos grados de abandono, violencia o distancia emocional, luego nos costará mucho convertirnos en personas amorosas. Nos convertiremos en adultos temerosos, algunos más reactivos o más violentos. Pero en todos los casos tendremos un objetivo prioritario: sobrevivir. Pretendemos que nadie nos haga daño (a diferencia de lo que ocurrió durante nuestras infancias en las que no obtuvimos el amparo ni la protección que hubiéramos necesitado). El nivel de alerta es máximo para cuidar nuestro pequeño bienestar, por lo tanto nos resta poca energía y disponibilidad para amar a los demás.
Por eso, insisto desde hace años poniendo el foco en dos premisas:
1) Amemos a los niños.
2) Para amarlos, antes tenemos que reconocer qué nos pasó cuando nosotros mismos fuimos niños. Si no abordamos nuestra realidad afectiva, nuestros agujeros, nuestras necesidades no satisfechas y nuestros miedos, no podremos dar prioridad a las necesidades genuinas del otro.
Parece una propuesta sencilla, pero no lo es. Porque todos los adultos somos -en mayor o menor medida- niños lastimados. Y si no lo reconocemos, reaccionamos automáticamente quemados por el dolor. En esa reacción, lastimamos a los demás con tal de salvarnos.
¿Tenemos culpa por ello? No.
¿Somos responsables? Sí
Sospecho que -sin querer- toqué la infernal herida de las infancias que hemos vivido. Duele mucho. Alguien –anónimo- tergiversó un pequeño artículo que escribí sobre la terrible realidad de la sistematización de los abusos sexuales –una de las peores y más crueles maneras de violentar y destruir a los niños quienes solo necesitan cuidado y protección-. Bastó un título tendencioso en un portal de noticias para que desatáramos -me refiero a muchos de nosotros, niños lastimados- una estampida de odio, furia y agravios irreproducibles.


Confieso que es impactante ser acusada de pedófila, delincuente, asesina y otros conceptos parecidos. Sin embargo más impactante aún es confirmar cuánta rabia acumulada conservamos, cuánto dolor, cuánto sangran las heridas de nuestras infancias y cuánta violencia reproducimos a cada rato con tal de aliviar ese sufrimiento que nos sigue quemando por dentro. Esa es la violencia con la que vivimos nuestras vidas y con la que nos relacionamos con los demás. Entiendo que descargar la furia es más tolerable que hacernos cargo de nuestro dolor. Sin embargo alguna vez tendremos que mirar con ojos abiertos nuestra realidad emocional. Tendremos que observar sin miedo nuestros escenarios y asumir nuestra responsabilidad como adultos, para contribuir a crear un mundo más amable, amoroso y solidario.

Laura Gutman

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