La demanda excesiva de los bebes/Construcción de la biografía humana

5 Nov

La demanda excesiva de los bebes

La presencia del recién nacido trae consigo una nueva vivencia generalmente aterradora: ese pequeñito tiene hambre. Siempre tiene hambre. Parece no terminar nunca de satisfacerse… Apenas ha estado en brazos, ya los reclama nuevamente, apenas ha terminado su mamada, requerirá más y así ad infinitum. Por nuestra parte, las madres sentimos, por primera vez con total conciencia, que no estamos en condiciones de ofrecer “eso” que pide. Podemos traducirlo con múltiples interpretaciones, como por ejemplo: “Me tomó la hora”. “Me quiere manejar”. “Es capricho”. “Es muy demandante”. “Es muy mal criado”, o lo que sea que nos haga sentir que el niño no tiene razón. La única realidad es que el niño necesita ser satisfecho en una medida en que las madres devenidas mujeres independientes, no estamos dispuestas a responder. Las madres, por nuestra parte, sólo podremos vincularnos y nutrir al niño tal como hemos sido amadas, nutridas y criadas. Podemos no tener recuerdos conscientes, aunque eso poco importa, porque se trata de la impronta básica, de la huella grabada en el trasfondo de toda nuestra experiencia vital primaria. Eso que hemos vivido como confortable o como aterrador, con confianza o con desolación, es lo que va a marcar el pulso de nuestras necesidades satisfechas. Lo sepamos o no. Justamente, enterarnos de la dimensión de nuestras capacidades de nutrir a otro, de nuestras aptitudes para el maternaje y la disponibilidad emocional, va a ser la principal herramienta para abordar un panorama fehaciente sobre nuestra realidad emocional. Básicamente tenemos que saber con qué contamos. Cuánto hambre emocional aún estamos ávidas de saciar, es decir, de qué historia provenimos y qué personajes hemos adoptado a favor de nuestra supervivencia. Saber de dónde provenimos y conocer la calidad de nuestra propia nutrición emocional, desde mi punto de vista, se logra construyendo una prolija y coherente biografía

humana.

Construcción de la biografía humana

La biografía humana es una construcción que se realiza como mínimo entre dos personas. Una de ellas presta el relato consciente de su propia vida. La otra persona ordena, pregunta, indaga y organiza el relato, trazando el hilo invisible de esa vida. Vamos a enumerar algunas condiciones a tener en cuenta si pretendemos estar en el lugar de quien escucha, organiza y desea acompañar los procesos de indagación personal de los demás. La primera cuestión y quizás la más sorprendente, es que frecuentemente lo que la persona relata puede ser lo que menos nos interesa. ¿Por qué? Porque todos hablamos desde la luz, desde la identidad, desde lo que reconocemos de nosotros mismos. Por ejemplo, diremos: “Yo soy una perso-na dedicada y siempre atenta a las necesidades de los demás”. ¿Es verdad? Probablemente desde el punto de vista de quien lo dice, claro que debe de ser verdad. Pero el profesional tendrá que preguntar “qué dicen los otros” (la pareja, los hijos, los padres, los hermanos, los vecinos, los empleados, los enemigos). Sólo de ese modo podemos construir una biografía humana, incluyendo las vivencias, percepciones, pensamientos, dificultades de las demás personas que se vinculan a quien estamos acompañando en su búsqueda personal. Entonces, podemos tener un panorama más verdadero sobre el individuo y su modo de vincularse. Por otra parte, la construcción de la biografía humana importa en la medida en que busquemos sombra. Es decir, tenemos que aproximarnos a lo que la persona no conoce de sí misma. En este sentido, fascinarnos con la parte del relato que la persona estará encantada de repetir una y otra vez, nos aleja de nuestra tarea. Concretamente, allí donde el individuo se instala cómodamente contando con lujo de detalles escenas —ya sean felices o sufrientes—, sabremos que por más floridos o novelescos que sean los relatos, no constituyen sombra. Por lo tanto, no nos interesan. Impacta decirlo así: “No me interesa”. “Vuelvo a insistir sobre mi pregunta”. “No estoy dispuesta a perder el tiempo en la misma historia”, cuando el individuo llorando cuenta por enésima vez que el padre le arruinó la vida. Pero si continuamos escuchando exactamente lo mismo, relatado desde la misma posición, no hay forma de traer “el otro lado” para que el individuo sufriente pueda entrar en contacto con lo que no ha visto de sí mismo. Otra cuestión importante, pero que requiere experiencia y entrenamiento para detectarla en el relato, es descubrir “por boca de quién habla el individuo”. Trataré de explicarlo mejor: todos nosotros tenemos vivencias y recuerdos del pasado, pero, sobre todo, tenemos a alguien, alguna figura importante, que nos ha contado la historia oficial sobre cómo son las cosas. Quiénes son buenos, quiénes son malos, quiénes son confiables, si la vida es bella o espantosa, si la abuela es una bruja, si papá nos abandonó y se fue con otra, si la vecina es una metida o si uno mismo ha sido un niño demasiado caprichoso y engreído. En fin, sea lo que fuere lo que nos haya dicho, nosotros hemos decidido creerle. Generalmente, ese personaje que tiene tanta influencia sobre nosotros suele ser… ¿lo han adivinado? Sí, suele ser mamá. A veces, con menor frecuencia, puede ser papá. Y en menor proporción, puede ser la abuela, sobre todo si es quien nos ha criado y mucho más si ha estado en guerra permanente contra mamá. En todos los casos, hay alguien influyente en nuestra infancia que ha nombrado las cosas. Claro que las ha nombrado según su propio cristal, como hacemos todos. Lo interesante es que lo que ha sido nombrado pasa a constituir nuestra identidad, independientemente de lo que hayamos experimentado. Voy a dar un ejemplo: Juana dice que su padre fue un egoísta. Que no le importó el devenir de sus hijos y que sólo se ocupó de sí mismo. Que no se le puede pedir nada, porque nunca será capaz de responder a las necesidades de los demás. Hasta allí, es probable que estas apreciaciones sean verdaderas. Pero lo que vamos a tratar de descubrir es qué vivencias, recuerdos y experiencias personales ha tenido Juana durante su infancia con relación a este padre. Entonces, tendremos que preguntar específicamente, insistiendo en que se ponga las manos en el corazón, que se deje fluir en los recuerdos y traiga escenas en las que el padre estuvo presente. Entonces puede aparecer ese padre como la única persona cariñosa, que, muy de vez en cuando, se quedaba hasta tarde contándole un cuento. O un padre llorando después de una pelea conyugal. O un padre que le enseñó a andar en bicicleta. Cuando aparecen estas imágenes, pueden ser profundamente reveladoras… porque a pesar de haber vivido experiencias placenteras, en la medida en que no sean nombradas, no pasan a la conciencia. Y si no pasan a la conciencia, tenemos la sensación de que no existen. Lo interesante aquí es que quien nombraba la realidad era, por ejemplo, la madre. Si la pelea conyugal era la moneda de cambio afectivo, la figura del padre se constituyó en la conciencia a través de lo que se ha nombrado, en este caso: “Mi padre es un egoísta”. La pregunta pertinente es: “¿Quién lo dijo?” Normalmente nos resulta arduo reconocer quién lo dijo, porque tenemos la sensación de ser nosotros mismos quienes decimos, sentimos, interpretamos o sufrimos. Sin embargo, una cosa es lo que “pensamos” desde la identidad y otra muy diferente es lo que “sentimos” desde ese lugar misterioso no tan consciente. Quiero decir, una vez más, que la identidad se constituye a partir de lo que es nombrado. Y cuando somos niños, hay adultos que nombran lo que sucede, por lo tanto, influyen en la organización de nuestro juego de luz y sombra. De ese modo, tomamos prestado el cristal por donde mira mamá o la persona maternante o bien la persona que nos da seguridad y bajo cuyo cuidado sentimos que estamos a salvo.

Queda claro que durante el relato de la historia de una vida, es indispensable saber desde la óptica de quién el individuo “recuerda”. Veremos que aunque nos consideramos adultos, el punto de vista suele ser infantil, es decir, completamente teñido de lo que hemos necesitado creer siendo niños. Es importante tener esto en cuenta, para desarmar el relato automático y sobre todo para tratar de reconstruir desde una posición de mayor conciencia la propia historia. Sencillamente tendremos que reconstruir los recuerdos basándonos en… ¡los recuerdos! Parece fácil, pero no lo es. Porque nuestros recuerdos están teñidos de lo que ha sido nombrado, por lo tanto se requiere un trabajo de indagación personal, de autoescucha y de introspección, e incluso a veces necesitamos que la persona que nos está ayudando a construir nuestra biografía humana nombre otro tipo de hechos para poder reconocernos o no en ellos. Otra cuestión importante a tener en cuenta en la construcción de la biografía humana es determinar qué personaje adoptó el individuo en la trama familiar. A todos nos ha sucedido algo siendo niños, más agradable o más conflictivo. Sobre la familia que nos ha tocado o sobre los acontecimientos vividos durante la infancia no tenemos muchas posibilidades de “elegir”. Sin embargo, lo que cada uno de nosotros elige (inconsciente o energéticamente) es el personaje desde el cual logra atravesar esas experiencias. Al igual que en cualquier obra de teatro, la trama se juega gracias al intercambio entre todos los personajes. Por ejemplo, supongamos que Caperucita Roja viene a la consulta. Caperucita Roja se quejará de su madre prehistórica que la trata como si fuera una niña. Dirá que es una mujer controladora y asfixiante, que no se da cuenta de que ella ya es suficientemente madura para arreglarse sola. Si dejamos que Caperucita Roja se explaye desde su punto de vista… tendremos siempre la misma información, es decir, sólo el lugar donde el personaje hace identidad. Es como si quisiéramos representar la obra sólo con las partes del guión que corresponden a este único personaje. Obviamente que no lograremos comprender la historia si nos conformamos con que Caperucita Roja sea el único personaje en recitar sus monólogos. No encontraremos la lógica. Y desde ya, no podremos salvar a Caperucita Roja y mucho menos a su abuela, que pide terapia con urgencia. ¿Qué necesitamos? Saber qué dice la madre, qué dice el lobo, qué dice la abuelita, qué dice el bosque, qué dice el cazador. Sólo enterándonos del punto de vista de cada uno, comprenderemos la trama completa. Eso es construir una biografía humana. Se trata de acercar todos los puntos de vista que han sido proyectados, porque estaban relegados a la sombra. Y en la medida en que son actuados por los demás, o bien manifestados a través de acontecimientos, los podremos reconocer e integrar. Lo valioso para la persona que busca ayuda, es darse cuenta de qué relación mantiene con los demás personajes o con los acontecimientos aparentemente externos. Básicamente, Caperucita Roja no sería ella misma si no atravesara el bosque y si no se vinculara con el lobo. Aunque la vivencia desde la conciencia sea: “El lobo y yo no tenemos nada que ver el uno con el otro”. O bien: “Yo nunca me hubiera vinculado con el lobo, fue él quien se interpuso en mi camino”. Visto desde fuera del escenario, nos resulta evidente que si no hubiera habido lobo, tampoco existiría Caperucita Roja. Sin embargo, ellos no piensan lo mismo. Una vez más, justamente por lo que acabamos de demostrar, lo que piensa el consultante nos importa poco y nada. Respecto a cómo se efectúa la repartición de personajes, es complejo determinarlo, ya que suelen estar definidos desde la primera infancia, incluso a veces antes del nacimiento. Muchas personas se pasan la vida lamentándose o criticando a los hermanos, alegando por ejemplo: “Yo hubiera querido ser Caperucita Roja que tenía a todo el mundo pendiente de ella, en cambio terminé siendo el cazador, salvando a diestra y siniestra a todo aquel que reclamara ayuda y sin que nadie se preocupe por mí”. Podemos imaginar a la abuela alegando: “¿Y yo qué? Lo único que les importa es devorarme, la gente joven se aprovecha de mi inocencia, mi fragilidad o mi enfermedad, y nadie respeta a las personas mayores, en mi época esto no hubiera sucedido”. El lobo con profundo pesar dirá: “Nadie me quiere”. Razones para quejarnos nos sobran a todos. ¿Pero quién determina qué personaje le toca a cada uno? Imaginemos que somos un grupo de individuos dispuestos a representar una obra de teatro. Hay un baúl lleno de disfraces y cuando se abre nos abalanzamos para tomar las mejores prendas. Alguien logrará tomar el vestido de princesa. Otro, el de dragón, y así serán repartidos el de caballero, el de flor, el de enanito, el de nube, el de Dios, inclusive. Y posiblemente el que llegue último… se quedará con el disfraz del villano. Sin embargo, todos permanecerán prisioneros del lugar de identidad que les han asignado y que han aceptado como propio. La princesa no es más libre que el dragón o que el villano. Ni siquiera va a vivir su personaje con más alegría, aunque los demás la envidien y la acusen de tener el mejor papel, porque conoce los precios que tiene que pagar para ser siempre la más bella y la más buena. Y desde ya, va a percibir o va a quejarse de los demás personajes desde el cristal de sus propias necesidades o defectos. Está claro que tanto Caperucita Roja como los demás personajes están igualmente encerrados en sus obligaciones, es decir que, una vez que asumieron sus respectivos personajes, están obligados a representarlos aunque haya partes que les resulten difíciles, complejas, contradictorias o dolorosas de vivir. Lo que tienen todos los personajes en común es la dificultad para percibir el todo. Cada uno de ellos está ubicado en un lugar arriba del escenario que les deja ver sólo una pequeña porción de la realidad y desde un solo punto de vista, y para colmo cada uno está atento a recitar su propio monólogo sin equivocarse. En cambio, el público puede ver la totalidad de la representación desde fuera del escenario. Ésa es la ventaja cuando acompañamos procesos terapéuticos, siempre y cuando estemos atentos a no subirnos al escenario, porque en ese caso perderíamos toda visión general. Insisto en que normalmente tenemos en la consulta el monólogo de un solo personaje, pero nos corresponde saber que ésa no es la trama completa, y que tenemos que ir en busca del despliegue de todo el guión. En el proceso de construcción de la biografía humana, tendremos que determinar qué personaje ha elegido el individuo que consulta y qué personajes lo acompañan. Luego, será más fácil buscar la coherencia de los hechos en la medida en que comprendamos desde qué punto de vista cada uno trae un aspecto de la realidad. Es necesario tener en cuenta que “el acontecimiento”, sobre todo si aparece como “inesperado”, también tiene algo para decir, especialmente si trae noticias sobre realidades que los demás personajes han insistido en negar. Es decir, si hay alguna parte de la trama que ningún personaje asume, “el acontecimiento” se verá obligado a asumirlo. Cuanto más alejado esté de la conciencia de los diversos personajes, más “distanciado” aparecerá el hecho. Todos sabemos que finalmente podemos culpara la “sociedad”, a la “política corrupta”, al “caos del tránsito”, al “presidente”, a la “sociedad de consumo”, a la “contaminación” o al hecho generalizado que finalmente asume lo que nadie ha estado dispuesto a asumir. Volviendo a Caperucita Roja, nos pondremos de acuerdo en que el bosque no es un lugar seguro para andar paseando y que, a pesar de pagar altos impuestos, la policía no hace su trabajo como corresponde. Es decir, el bosque es el culpable. Ahora bien, si hemos logrado determinar con éxitocuál es el personaje elegido, por boca de quién habla y qué dicen los demás… ha llegado el momento de otorgar mayor crédito a los recuerdos originales del consultante y a las percepciones, aunque aparezcan confusas. A veces hay sensaciones corporales que resultan imposibles de traducir en palabras… Justamente allí confirmamos que eso que se ha vivenciado no ha sido nombrado por ningún adulto, por lo tanto para la conciencia no tomó forma y no pudo aparecer en ella. Otras veces, ni siquiera hay recuerdos. ¿Cómo podemos seguir construyendo una biografía humana sin recuerdos? A decir verdad, este trabajo se parece mucho al de un detective, que a veces cuenta apenas con un pañuelo manchado de sangre como único testigo de un crimen. Todo lo demás va a depender de hacer muchas y muy buenas preguntas… y de trazar líneas invisibles entre hechos aparentemente incongruentes. Por eso, cuando no hay recuerdos y sólo aparecen una y otra vez lo que ya hemos detectado que es la voz de alguien… tendremos que poner palabras a lo que el individuo no sabe nombrar. Esto requiere una buena dosis de percepción y de creatividad. Así como frente al llanto de un niño pequeño, vamos nombrando opciones: “Te caíste”. “Te duele la panza”. “Tenés hambre”. “Tenés sueño”. “Querés este juguete”, y dependemos de la reacción del niño para saber si “dimos en la tecla justa”, del mismo modo tendremos que nombrar posibles vivencias infantiles hasta “dar en la tecla”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Extracto del libro:

Laura Gutman, La revolución de las madres, editorial del Nuevo Extremo S.A., Argentina 2008, págs. 23-33.

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