EL DAR

26 Ago

por: La Madre Teresa de Calcuta

Dad vuestras manos para servir y vuestros corazones para amar.

Madre Teresa

En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan de lo que les sobra, pero ésta de su indigencia ha echado cuanto tenía…

Jesús (Marcos 12: 43 – 44)

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Os contaré una historia. Una noche vino un hombre a nuestra casa y me dijo:

̶ Hay una familia con ocho hijos y hace días que no comen.

Cogí  un poco de comida y fui a visitarlos. Cuando llegué a su casa vi las caritas de esos niños pequeños desfiguradas por el hambre. No había aflicción ni tristeza en ellas sino simplemente el profundo dolor del hambre. Le entregué el arroz a la madre. Ella lo dividió en dos porciones y salió un momento llevándose la mitad. Cuando volvió le pregunté:

̶ ¿A dónde ha ido?

̶ A casa de mis vecinos; también tienen hambre.

Lo que me sorprendió no fue que se lo diera, porque las personas pobres son muy generosas, sino que supiera que tenían hambre. Por lo general cuando estamos sufriendo nos centramos tanto en nosotros mismos que no tenemos tiempo para los demás.

 

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En Calcuta contamos con un buen número de personas cristianas y no cristianas que trabajan juntas en la casa de los moribundos y en las otras. También hay personas que se ofrecen para cuidar a los leprosos. Un día vino un australiano para hacer una importante donación, y después de darme el dinero me dijo:

̶ Esto es algo externo. Ahora deseo dar algo de mí mismo.

Actualmente viene con regularidad a la casa de los moribundos a afeitar a los enfermos y a conversar con ellos. Podría gastárselo en sí mismo, pero lo que desea es darse a sí mismo.

Muchas veces pido regalos que nada tienen que ver con el dinero. Siempre hay cosas que se pueden obtener. Lo que deseo es la presencia del donante, que esa persona toque a quienes da, que les sonría, que les preste atención.

Si nuestros pobres mueren de hambre no es porque Dios no se preocupe de ellos sino más bien porque ni tú ni yo somos lo suficientemente generosos; porque no somos instrumentos de amor en las manos de Dios. No reconocemos a Cristo cuando se nos presenta una y otra vez en la forma de un hombre hambriento, una mujer sola, un niño que busca un lugar para calentarse.

A veces los ricos parecen muy dispuestos a compartir su riqueza a su manera, pero es una lástima que no den hasta el punto de sentir que son ellos los que necesitan. Las generaciones actuales, sobre todo los niños, lo entienden mejor. Hay niños ingleses que se sacrifican para poder ofrecer panecillos dulces a nuestros niños. Hay niños daneses que se sacrifican para ofrecer a otros niños un vaso de leche cada día. Y niños alemanes que hacen lo mismo para ofrecer a los pobres alimentos enriquecidos. Estas son maneras concretas de enseñar el amor. Cuando estos niños crezcan sabrán lo que significa dar.

Hace un tiempo durante la terrible sequía que estaba asolando Etiopía, planeé un viaje a ese país, donde estaban trabajando nuestras hermanas. Justo cuando estaba a punto de marchar, me encontré rodeada de muchos niños. Cada uno tenía algo para dar. “¡Llévele esto a los niños! ¡Llévele esto a los niños!”, decían. Tenían muchos regalos que dar. Entonces se me acercó un niño pequeño que por primera vez había recibido un trozo de chocolate.

̶ No me lo quiero comer ̶ me dijo ̶. Tómelo y déselo a los niños.

Ese pequeño dio muchísimo, porque era todo lo que tenía, y al darlo daba algo muy preciado para Él.

¿Alguna vez has experimentado la alegría de dar? No quiero que me des lo que te sobra. Jamás permito que se recojan fondos para mí. No es eso lo que quiero, sino que me deis de vosotros mismos. El amor que se pone en el regalo es lo más importante.

No quiero que la gente haga donaciones simplemente para deshacerse de algo. Hay personas en Calcuta que tienen tanto dinero que desean desprenderse de él. A veces tienen dinero de sobra, dinero que tratan de esconder.

Hace unos días recibí un paquete envuelto con un papel normal y corriente. Pensé que contendría sellos, tarjetas o algo así, y lo dejé a un lado para abrirlo más tarde, cuando tuviera tiempo. Unas horas después lo abrí sin imaginarme qué podía contener. Me resultó difícil dar crédito a mis ojos. El paquete contenía veinte mil rupias. No llevaba remitente ni ninguna nota, lo cual me hizo pensar que podría ser dinero que se debía al gobierno.

No me gusta que me den algo porque desean librarse de ello. Dar es algo diferente. Es compartir.

Tampoco quiero que me deis lo que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo.

El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años paralítico. La parálisis sólo le permite usar la mano derecha. La única compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Sólo hace una semana que he dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”.

Debió ser un terrible sacrificio para Él. Con ese dinero compré pan y se lo di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo recibieron experimentaron alegría.

Esto es algo que todos necesitamos aprender. La oportunidad de compartir nuestro amor con los demás es un regalo de Dios. Que esto sea para nosotros como lo fue para Jesús. Amémonos los unos a los otros como Él nos ha amado. Amémonos los unos a los otros con amor no dividido. Experimentemos la alegría de amar a Dios y de amarnos entre nosotros.

 

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Hay remedios y curas para todas las enfermedades. Pero mientras no haya manos bondadosas para servir y corazones generosos que den con amor, creo que jamás habrá una cura para la terrible enfermedad de no sentirse amado.

Nadie tiene derecho a condenar a nadie. Aun cuando veamos a personas que causen daño, no sabemos por qué lo hacen. Jesús nos invita a no hacer juicios. Tal vez nosotros hayamos contribuido a que sean lo que son. Necesitamos comprender que son nuestros hermanos y hermanas. Ese leproso, ese borracho y esa persona enferma son hermanos nuestros porque también fueron creados para un amor más grande. Eso es algo que nunca debemos olvidar. Jesucristo se identificó con ellos cuando dijo: “Todo lo que hiciste al menor de mis hermanos me lo hiciste a Mí”. Tal vez se encuentran en las calles sin amor ni cuidados porque no les hemos dado nuestro amor y comprensión.

Seamos amables, muy amables con los pobres que sufren. Apenas comprendamos lo que están sufriendo. La parte más difícil es no ser deseado.

Hay una cosa que siempre nos asegurará el cielo: Los actos de caridad y bondad con los que llenamos nuestra vida. Jamás sabremos cuánto bien puede hacer una simple sonrisa. Le decimos a la gente los bueno, clemente y comprensivo que es Dios, pero, ¿Somos pruebas vivientes de ello? ¿Pueden estas personas ver esa bondad, ese amor, esa comprensión vivas en nosotros?

Seamos muy sinceros en nuestra forma de tratarnos y tengamos la valentía de aceptarnos mutuamente tal y como somos. No nos sorprendamos ni nos obsesionemos por los defectos o fallos de los demás: veamos y encontremos lo bueno que hay en cada uno, porque cada uno de nosotros fuimos creados a imagen de Dios. Tengamos presente que nuestra comunidad no está formada por aquellos que ya son santos sino por los que estamos tratando de serlo. Por lo tanto. En nuestro trato mutuo tengamos muchísima paciencia con los defectos y faltas de los demás y de nosotros mismos.

Usemos la lengua para hablar de lo bueno de los demás, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Para dar tenemos primero que poseer. Aquellos que tenemos la misión de dar hemos de crecer primero en el conocimiento de Dios.

 

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No hace mucho tiempo vino a verme una señora hindú muy rica. Se sentó y me dijo:

̶ Quisiera colaborar con usted.

En la India hay cada vez más personas que se ofrecen a colaborar.

̶ Estupendo  ̶ le dije.

La pobre mujer tenía una debilidad que me confesó.

̶ Me encantan los saris elegantes.

En realidad llevaba un sari muy caro, que probablemente le costó alrededor de ochocientas rupias. El mío sólo cuesta ocho rupias. El suyo cien veces más.

Le pedí ayuda a la virgen María para darle una respuesta adecuada a la petición que me había hecho y se me ocurrió decirle:

̶ Yo comenzaría por los saris. La próxima vez que se compre uno, en lugar de pagar ochocientas rupias coja uno de quinientas, y con las trescientas  que le sobren compre saris para las mujeres que no tienen nada.

La pobre mujer ahora usa saris de cien rupias, y eso porque yo le he pedido que no se los compre más baratos. Me ha dicho que todo eso le ha cambiado la vida. Ahora sabe lo que significa compartir. Me asegura que ha recibido más de lo que ha dado.

Creo que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica.

La bondad ha convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.

En cada ser humano hay una conciencia natural para distinguir lo bueno de lo malo. Yo trato con miles de personas cristianas y no cristianas y veo cómo funciona esa conciencia en sus vidas, atrayéndolas a Dios. En todas las personas hay un inmenso hambre de Dios. Si todos fuéramos capaces de descubrir su imagen en nuestro prójimo, ¿Creéis que seguiríamos necesitando tanques y generales?

 

Ama con la totalidad de tu ser a quien se entregó a sí mismo por tu amor.

Santa Clara de Asís

 

Dad y se os dará…

 Extracto del libro: Madre Teresa de Calcuta, El amor mas grande, Urano,España 2010, Págs. 16-21

 

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