“CONSEJOS PARA ESTA CUARESMA” Rubén Cedeño

28 Mar

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

La Cuarta Semana de Cuaresma, que va desde el cuarto miércoles al quinto, está dedicada a la purificación de la mente. Vas hacer la dieta mental, que consiste en no pensar ni decir nada malo de nadie, no pronunciar ninguna palabra negativa, ni criticar a ninguna persona.

Algunas personas han sido crueles con el uso del verbo deseándole la muerte alguien a veces a sus propios hijos, contradecir todo lo que le dicen, reñir hasta por una comida, despreciando las cosa que se le regalan, despotricando del lugar donde viven, cuestionándolo todo hasta por donde cruza el auto si no lo hace por donde ella lo desea, condenando a la gente por hacer cosas, por no estar de acuerdo con lo que se hace y luego todo esto se paga con perdida del uso del verbo, afonías, toses incurables, aislamiento. Antes de llegar a estos extremos reconozcamos el mal uso que hemos hecho de la Energía divina a través del Chacra Laríngeo y accionemos la Llama Violeta transmutando. Pero no se piense que después de toda una vida usando mal el verbo, con una sola invocación de la Llama Violeta por un repentino arrepentimiento todo se va a solucionar, esto todo debe ser una gran toma de conciencia.

Meditemos en las siete palabras de Jesús cuando a pesar de todo lo que lo insultaban cuando estaba en la cruz lo que hacia era perdonar, ofrecer el cielo a ladrones y jamás mal calificó la energía por medio de su verbo.


 

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

La Tercera Semana de Cuaresma va desde el tercer Miércoles al cuarto y está dedicada a la purificación del Cuerpo Emocional y de los sentimientos. Esto va a realizarse pidiendo perdón por todo, y perdonando a todo el mundo audiblemente, no importa lo que nos cueste. Le vas a decir a todo el mundo: “Te pido perdón por todo lo que requiera que me perdones, y te perdono por todo lo que necesite mi perdón”. Hazlo de corazón y con devoción. Recuerda que es un acto de penitencia cuaresmal.

Meditemos en el gran perdón de Jesús cuando en la Cruz dijo Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.

Cuando veamos alguna película sobre la Pasión de Jesús o hagamos lecturas sobre ella, enfoquémonos en la actitud de perdón ante el cruel sufrimiento que le infringieron y veámonos como Jesús, siendo atacados y perdonando, invocando el Fuego Sagrado del Perdón. Digamos: “Te doy mi amor y mi perdón”. Si se conoce la Llama Violeta, se puede decretar: “Yo Soy la Llama Violeta del Amor Compasivo que consume y disuelve todos los errores cometidos por mí y por toda la humanidad”. Esta es la clave oculta de este grandioso suceso del perdón de Jesús.

La crueldad extrema que se ve en la película “La Pasión de Cristo”, hecha por Mel Gibson, cumple una finalidad: que todo el que vea esa proyección cinematográfica comprenda que no importa lo que nos hagan sufrir, el tamaño del daño infringido, PERDONEMOS. Sin perdón no vamos a llegar a ninguna parte.

Con tan solo considerar el dolor padecido por Jesús en su Pasión y reflexionar en su “perdón universal” hacia todos lo que le produjeron tan horrible muerte –sin tomar en cuenta que Jesús fuera un enviado de Dios, un Maestro encarnado y tantas cosas más, tan maravillosas que dicen de Él- es la más grande instrucción que Maestro alguno haya dado a la humanidad.

A la par de la gran crueldad que se estaba cometiendo con Jesús, haciéndolo padecer tanto, está el perdón y la humildad más grande que se haya visto jamás; es que en la cruz, Jesús le dijo a esos mismos que lo torturaban: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Cuando la gente sabe lo que es la crueldad, sus consecuencias y que todo el sufrimiento que le ocasiona a los demás se le va a devolver en carne propia, no lo hace; por eso Jesús dijo: “No saben lo que hacen”.

Esa humanidad cruel y torturadora que crucificó a Jesús, es la misma que hoy en día hace la guerra contra un país, mata en un atentado o una guerra, roba y aniquila con las drogas. Los seres humanos no han cambiado mucho desde la época de Jesús. Esos mismos crucificadores de hoy en día, justifican el que existan grandes perdonadores.

Si no existieran faltas, no habría perdón. Las personas crueles existen para que el perdonador se ejercite. Si Jesús, siendo el glorioso ser que era, perdonó, más rápidamente lo tenemos que hacer nosotros que no somos nada.

Pero es frecuente ver a directores de organizaciones espirituales, muy ofendidos porque alguien los ataca, los critica, y peor aún si se burlan de ellos, ya que se encolerizan y amenazan sutilmente a los atacantes con la condenación eterna, con que serán recluidos en un planeta de atrasados, amenazándolos con ser juzgado por un ser cósmico intolerante, les dicen que se les va a venir encima un terrible karma o algo más aterrorizante. Todo esto no es más que pura venganza y odio, escondida tras el decir que lo divino tomará cartas en el asunto. Pero esta no es la actitud del que Activa Su Cristo Interior, que ha de ser de constante Perdón. Tenemos que poner en práctica siempre la afirmación del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros PERDONAMOS a los que nos ofenden”. Para poder ser perdonados de nuestros sufrimientos, tenemos que perdonar nosotros primero. “Sin perdón no serás perdonado”.

Digámosle a ese que nos ha hecho lo peor que se le puede hacer a un ser humano: “Te perdono”. No importa si al principio el Perdón no nos sale sinceramente; mientras más lo ejercitemos, mejor lo haremos, hasta que lleguemos a perdonar de todo corazón como Jesús.

Desde la cruz de las acusaciones, calumnias y escarnio injustificado a los que a veces somos sometidos, debemos reaccionar solamente perdonando a nuestros contendores.

En la cruz, Jesús perdonó sin averiguar culpables ni buscar razones; asimismo podemos hacerlo nosotros. Vamos a perdonar hoy a toda esa gente que nos ha puesto una corona de espinas, porque cuando perdonamos, nos quitamos esa corona. Guardar resentimiento por las negatividades que otros nos dicen, a la larga nos hace daño.

Todos cometemos faltas, que finalmente se nos devuelven en sufrimientos, enfermedades, tragedias personales y familiares. Cuando esto nos sucede, queremos ser perdonados para dejar de sufrir, pero para ser perdonados hay que perdonar primero.

El rencor y la envidia son los que producen el cáncer, males estomacales, dolor en los riñones y la cabeza, además de perturbarnos en el ámbito interno, quitándonos la placidez y la paz del alma. Todas las enfermedades son producto del mal uso de la energía divina o el tragarnos las negatividades de otros. Recuerda que “donde está tu mente estas tú”; si te pones a ver lo malo que hacen los demás y a condenarlos, en eso te convertirás y terminarás igual a la persona que condenabas. Cuando aplicas el Perdón, nada negativo te puede dañar, porque te positivizas y te llenas de un aura de Luz tan bella, que nada negativo se te acerca.

Los labios de Jesús nos recuerdan constantemente el Perdón. Cuántas veces hemos dicho: “¡Maldita sea! ¡Ojalá te mueras!”. Eso es calificar mal la energía divina contenida en la creación de Dios. Tantas palabras feas con vibraciones envenenadas le hemos dicho a la gente, que esa energía se nos devuelve para que la purifiquemos; por eso hacemos la Ley del Perdón. Lo que hizo que Jesús resucitara no fue el hecho de que lo crucificaran, sino que perdonara. Fue el Perdón lo que llevó a Jesús al Cielo. Entiéndase por Cielo el estado de Bienaventuranza Suprema que se puede vivir incluso estando en la Tierra. Por eso no debemos decir nada malo, mucho menos maldecir; y cuando estamos furiosos, en vez de lanzar improperios, digamos: “Bendigo el bien en esta situación”. Tampoco hablemos mal de ningún instructor, ni usemos las palabras de los Maestros y Santos para condenar a alguien, porque esa energía mal calificada se nos va a devolver algún día para que la redimamos. Todo odio disfrazado de maestro severo y corregidor va a regresar a nosotros algún día.

La única forma de detener los atentados ferroviarios, las guerras raciales, los enfrentamientos políticos, las injusticias sociales y los secuestros es PERDONANDO, como lo hizo Jesús en la Cruz.

Así como perdonamos, debemos bajarnos del “podium del orgullo personal” y tener la suficiente humildad para pedir perdón por todas nuestras faltas. Uno no pide perdón por egotismo, orgullo, altivez, sobrepreciarse, creerse más que los demás. No hay nada de oprobioso en pedir perdón. Nuestras almas se engrandecen cuando pedimos perdón; nos liberamos de toneladas de culpabilidad. “Perdonar y ser perdonados es divino”.

El Cristo se expresa a través de una vida de Misericordia, esto es, perdonando, dándole afecto y comprensión –con un Fraternal Espíritu de Misericordia- a aquella persona que nos ha hecho lo peor. Cuando se es perdonador y misericordioso, el Cristo está presente sin necesidad de que se lo invoque. La práctica de la Misericordia, el Perdón y la Caridad debe hacerse en perfecto silencio externo, es decir, sin estar diciéndoselo a la gente, para que la bienaventuranza espiritual pueda manifestarse a nivel de la Luz Crística.

 

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

La Segunda Semana de Cuaresma que va desde el segundo miércoles hasta el tercero, está dedicada a la purificación de nuestro Cuerpo Vital o Etérico con el ayuno, que se puede hacer a diario solamente hasta las doce del mediodía, ya que uno más largo nos puede debilitar. El ayuno consiste en no comer absolutamente nada, ni siquiera tomar café, hasta las doce del día; solamente para que no se envenene nuestro cuerpo con los tóxicos que tenemos, es importante tomar agua con zumo de limón, sin azúcar, cada vez que nos dé sed y hambre. Recordemos que es un acto de Fuerza de Voluntad o sacrificio y, como tal, lo debemos asumir con mucho amor y devoción.

Podemos también durante esta semana y a partir de ella en toda la Cuaresma para desarrollar la Fuerza de Voluntad y ofrecérsela al desenvolvimiento de la Llama Azul dentro de nosotros el dejar de comer carne, azúcar o sal añadida en los alimentos.
Mantengamos durante esta semana Jesé diciendo en la Cruz “Tengo sed”.

Cuando en la India entré a la casa de las Hermanas de la Caridad, en Calcuta, donde vivió y está enterrada la Madre Teresa de Calcuta, vi un crucifijo que tenía al lado un letrero que decía: “Tengo sed”. La persona que mejor ha comprendido estas palabras de Jesús en la Cruz es la Madre Teresa de Calcuta, que expresaba: “Jesús es cada enfermo, moribundo y pobre que nos dice: Tengo sed”. Esta sed es la necesidad que tiene cada ser humano de provisión, amor, salud, ropa, atención, limpieza y muchas cosas más.

La humanidad, como Jesús, siempre tiene sed de algo. Como seres en un sendero espiritual, nuestra razón de vivir es saciar esa sed: dándole alegría al que está triste; compañía, al que ha sido condenado a una cárcel, al infierno o a un planeta de rezagados; dándole consuelo a la prostituta abandonada, al travestido rechazado, al paciente de SIDA desahuciado; recogiendo a la embarazada botada de su casa, al estudiante que es apartado de su grupo espiritual; proporcionándole ropa, dinero, comida y provisiones al carente. Esto es darle de beber al sediento.

La mirada de Jesús en la cruz, sediento, con los labios secos, esperando que alguien le dé un sorbo de agua es igual a la que nosotros podemos ver en las personas cuando nos percatarnos de su dolor, angustia y necesidad. Uno no puede quedarse pasivo ante esto, y así como Jesús necesitó agua y dijo: “Tengo sed”, igualmente hay en la calle montones de personas sedientas como Jesús, buscando que les mitiguen su sed, sed de justicia, amor, conocimientos, afecto, salud y compasión. Cuando les digo que reaccionen ante eso, no quiere decir que critiquen, que condenen, sino que vean con amor compasivo y perdonen.

Los dulces y hermosos labios de Jesús que habían predicado la Palabra de Dios, disipando las tinieblas, decretando la salud de los enfermos, la resurrección de los muertos y hablando con el Padre, estaban sedientos y en vez de recibir agua, le dieron un amargo vinagre. Ese “tengo sed” lo dicen los enfermos, menesterosos, abandonados, ignorantes, odiados, esperando que alguien les dé de beber las aguas del auxilio dulce y amoroso.
Jesús sabia que existía abundante agua fresca, pero no se la dieron para hacerlo sufrir. Sin embargo, Sus labios lo que hicieron fue bendecir el bien, hablar de Amor Compasivo, de perdón y prometer el Reino de los Cielos.

El hecho de que existan muchas personas que, para hacer sufrir a los demás, se nieguen a dar auxilio a otros, son como los que no quieren darnos de beber cuando tenemos sed.

Que meditar en esta sed de Jesús nos ayude a decir las palabras de Amor y Perdón de Sus labios, con verdadera humildad y sin rabia: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, y asumir ese mismo perdón para con todo el que nos haya negado algo.

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

La Primera Semana de Cuaresma, que comienza el Miércoles de Cenizas y va hasta el segundo Miércoles, está dedicada a la purificación del cuerpo físico por medio de acciones espirituales que tengan que ver con éste cuerpo y la renuncia, como la caridad física. La caridad la vamos a practicar purificando nuestro armario o closet, tomando toda la ropa que ya no usamos y regalándosela con nuestras manos y con mucho amor a alguien. Lo mismo podemos hacer con comida, dinero y todo tipo de cosas físicas.

Propongámonos borrar de todos nuestros escritos, de nuestros conceptos mentales y conversaciones, toda palabra de condenación, crítica y hasta el más leve comentario que no sea una bendición hacia cualquier persona o grupo que tenga otras creencias diferentes a las nuestras, con quien hayamos discutido, o que tengan distintos puntos de vista. Esto es Crístico por eso es bueno hacerlo, nos purifica, nos acerca a Dios, tal vez tengamos que doblegar nuestro ego, pero eso también es maravilloso, ya que nos limpia interiormente.

Devolvamos todo lo que le hayamos quitado a otra persona. A veces nos apropiamos de ideas ajenas para hacer escritos, composiciones, resoluciones empresariales, dinero, que no son nuestros para ganar glorias con el genio, la inventiva, el trabajo de otro, pero todo eso es falsedad y aunque nosotros mismos nos creamos grandes, es una mentira en la que nosotros mismos nos estamos engañando. La cuaresma es el momento de purificarnos.

Perdonemos verbalmente a las personas que no le han rendido culto a nuestro ego desobedeciéndonos, insatisfaciendo nuestras demandas, ignorando nuestras solicitudes.

Meditemos en Jesús cuando fue despojado de su ropa y tuvo que exponerse completamente desnudo exhibiendo las partes más íntimas de su cuerpo ante un pueblo que lo aclamaba para condenarlo. Allí Jesús perdió todo lo que tenía, su túnica, reputación, las buenas opiniones que tenían de Él, el pudor, la confianza en sus discípulos y tantas cosas más.

Qué duros e injustos somos cuando llamamos o pensamos que un estudiante que va con su Facilitador aprendiendo, es un “adulador”. Solo una persona mala, cruel, con deseos de herir usa esta palabra en su vocabulario. Borrémosla, perdonémonos y llamemos a la persona que hemos insultado llamándola “aduladora” o diciéndole que sus estudiantes son unos “aduladores” y humildemente pidámosle perdón como acto penitencial de Cuaresma.

Ay Dios mío, recordemos que todo de lo que nos hemos apropiado sin pertenecernos, de toda palabra que hayamos dicho que no sea una bendición, en el momento de la muerte tendremos que dar cuenta de ella. Nos impedirá nuestra ascensión y en ese momento no podremos retroceder a la vida para disolverla o borrar eso y ahora, si podemos hacerlo, hagámoslo. Estamos en Cuaresma momento de penitencia.

Nuestra meditación en esta primera semana de Cuaresma es en la desposesión del Cristo desnudo de Cellini.

De todo lo grande que simboliza un crucifijo, una de las cosas imponentes es ver a ese Jesús desnudo delante de ti, que es un hombre como cualquier otro, joven, con toda su hermosa musculatura, pero crucificado como un delincuente por el solo hecho de haber actuado y haberle dicho la VERDAD a la gente.

La desnudez de Jesús en la Cruz es la más grande de todas las renuncias, es perderlo o dejarlo todo por la causa del Reino de los Cielos. Jesús, desnudo en la cruz, nos recuerda que con nada nacimos y así habremos de morir. El desnudo de Jesús es la pérdida de nuestro orgullo personal, de la reputación, el que piensen bien de nosotros y, algunas veces, hasta conformarnos con lo poco que llevamos puesto o tenemos.

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