La sonrisa

28 Ene

Sonreíos los unos a los otros; sonríe a tu mujer, sonríe a tu marido; sonreíd a vuestros hijos, sonreíos sin que os importe a quién, y eso os ayudará a que crezca vuestro amor por el otro.

Madre Teresa de Calcuta

 

Muchos norteamericanos conocen bien El principito, un libro maravilloso escrito

por Antoine de Saint-Exupéry. Es un libro que, sin dejar de ser un cuento para

niños, es también un recurso maravilloso para estimular el pensamiento en los

adultos. Muchos menos son los que tienen conocimiento de otros escritos,

novelas y cuentos del autor.

 

Saint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis y murió en

acción. Antes de la segunda guerra mundial, luchó contra los fascistas en la

guerra civil española. A partir de aquella experiencia escribió un cuento

fascinante con el título de La sonrisa (Le sourire). Éste es el relato que quisiera

compartir con vosotros ahora. Aunque no está claro si la intención del autor era

escribir un texto autobiográfico o de ficción, yo prefiero creer en la primera

posibilidad.

 

Cuenta el autor que, capturado por el enemigo, lo confinaron en una celda.

Por las miradas desdeñosas y el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros,

estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían. A partir de aquí contaré la

historia tal como la recuerdo, con mis propias palabras.

«Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente

inquieto y nervioso. Repasé mis bolsillos en busca de algún cigarrillo que

pudiera haber quedado en ellos pese al registro y encontré uno que, con manos

temblorosas, apenas pude llevarme a los labios. Pero no tenía fósforos; eso sí se

lo habían llevado.

»Por entre los barrotes miré a mi carcelero, que evitaba mantener contacto

conmigo. Después de todo, nadie intenta mirar a los ojos a una cosa, a un

cadáver. Decidí preguntarle:

 

»—¿Tiene fuego, por favor?

»Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encenderme el cigarrillo.

»Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin intención alguna,

nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué, le sonreí. Quizá

fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas están muy cerca

una de otra es muy difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí. En ese instante fue

como si se encendiera una chispa en nuestros corazones, en nuestras almas:

éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los

barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo y se

quedó cerca, mirándome directamente a los ojos, sin dejar de sonreír.

»También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona, no

como a un simple carcelero. Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera

cobrado también una nueva dimensión.

»—¿Tienes hijos? —me preguntó.

»—Si, mira.

»Saqué la cañera y busqué las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos

de sus hijos y empezó a hablar de los planes y las esperanzas que ellos le

inspiraban. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que temía no

volver a ver nunca a mi familia, no poder llegar a verlos crecer. A él también se

le humedecieron los ojos.

»De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta y sin añadir palabra me

guió hacia la salida. Ya fuera de la cárcel, silenciosamente y por callejas

apartadas, me condujo fuera de la ciudad. Allí, ya casi en el límite, me dejó en

libertad y, sin una palabra más, regresó.

»Aquella sonrisa me había salvado la vida.

Sí, la sonrisa… el contacto espontáneo, natural, no afectado entre las personas.

Éste es un episodio que cuento en mi trabajo porque me gustaría que la gente

pensara en que, debajo de todas las capas defensivas que construimos para

protegernos, para proteger nuestra dignidad, nuestros títulos, nuestros grados,

nuestro estatus y nuestra necesidad de que nos vean de tal o cual manera… por

debajo de todo eso, sigue estando, auténtico y esencial, lo que somos. No me

asusta llamarlo alma. Realmente, creo que si esa parte de ti y esa parte de mí

pudieran reconocerse la una a la otra, no seríamos enemigos. No podríamos

sentir odio ni envidia ni miedo. Con tristeza llego a la conclusión de que todos

esos estratos que tan cuidadosamente vamos construyendo a lo largo de toda la

vida, nos distancian de los demás y nos aíslan de cualquier auténtico contacto

con ellos. El relato de Saint-Exupéry nos habla de ese momento mágico en que

dos almas se reconocen.

 

he tenido más que unos pocos momentos como aquél. Enamorarse es

un ejemplo y también observar a un bebé. ¿Por qué sonreímos cuando vemos

un bebé? Quizá sea porque vemos a alguien que aún no tiene todas esas

barreras defensivas, alguien que, bien lo sabemos, cuando nos sonríe lo hace de

forma totalmente auténtica y sin engaños. Y el alma de bebé que seguimos

llevando dentro sonríe con melancólico agradecimiento.

Hanoch McCarty

Extracto del libro Sopa de pollo para el alma de Jack Canfield & Mark Victor Hansen

 

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