Movimiento Slow, 1ra. Parte

24 Sep

 

Hoy más que nunca, el individuo moderno vive sumido en una particular carrera de obstáculos en la que controlar el cronómetro hasta la milésima determina nuestra existencia. La desconexión del medio natural y su tempo, ligado a las estaciones y demás factores que escapan a nuestro control, parece un espejismo en las sociedades occidentales de hoy en día. Las ciudades se vuelven anónimas y levitamos, sumidos en nuestro peculiar universo de intereses. La prisa es el motor de todas nuestras acciones y la cinética de grand prix envuelve nuestra vida acelerándola, economizando cada segundo, rindiendo culto a una velocidad que no nos hace ser mejores.

El movimiento Slow no pretende abatir los cimientos de lo construido hasta la fecha. Su intención es iluminar la posibilidad de llevar una vida más plena y desacelerada, haciendo que cada individuo pueda controlar y adueñarse de su propio periplo vital. La clave reside en un juicio acertado de la marcha adecuada para cada momento de la carrera diaria. Se debe poder correr cuando las circunstancias apremian y soportar el temido estrés que en demasiadas ocasiones nos embarga; pero a la vez saber detenerse y disfrutar de un presente prolongado que en demasiados casos queda sepultado por las obligaciones del futuro más inmediato.

 

Demasiadas veces la lentitud viene asociada con valores negativos. Torpeza, desinterés, tedio son dimensiones que no recogen los efectos beneficiosos de una actitud pausada, bien razonada y segura.

Las decisiones importantes no siempre deben tomarse al azar, impulsivamente, eso lo sabemos todos. Resulta difícil creer que llevar a cabo más de una actividad a la vez pueda deparar resultados positivos; más bien mediocridad en los distintos escenarios. Asimismo, no siempre la inactividad es sinónimo de vacío. La actitud contemplativa nos integra en el medio y puede ser el refugio de ideas brillantes que nos ayuden positivamente en nuestro proceder.
El movimiento Slow quiere dar herramientas a los individuos para que sus existencias no sean una mera sucesión de escenarios encadenados, desprovistos de emociones.

En definitiva, el movimiento Slow es una fuente de placer, útil para alejarse de una vida estandarizada regida por el minutero de nuestro reloj de pulsera, sometida por una velocidad que erradica nuestra capacidad para disfrutar del momento esperado cuando este por fin asoma.

Historia de un movimiento internacional

El movimiento Slow tiene su génesis en la Plaza de España romana, en el año 1986. Su nacimiento es indisociable de cierta actitud contestataria en clara oposición a la americanización de Europa. Cuando el periodista Carlo Petrini se topó con la apertura de un conocido establecimiento de comida rápida en este enclave histórico de la capital italiana, algo se removió en su interior. Definitivamente, se habían traspasado los límites de lo aceptable y entendió, de forma casi visionaria, los peligros que se cernían sobre los hábitos alimentarios de la población del

viejo continente, ofuscado en imitar el tempo vital marcado al otro lado del Atlántico. La respuesta no se hizo esperar, fundándose la semilla del movimiento; Slow Food.
La idea era simple; proteger los productos estacionales, frescos y autóctonos del acoso de la comida rápida y defender los intereses de los productos locales, siempre en un régimen sostenible, a través del culto a la diversidad, alertando de los peligros evidentes de la explotación intensiva de la tierra con fines comerciales.

Tras Slow Food, aparecerían nuevas aplicaciones a otros ámbitos esenciales de nuestras existencias como el sexo, la salud, el trabajo, la educación o el ocio que acabarían por conformar las áreas de influencia del movimiento Slow.

La filosofía del movimiento Slow ha ido adquiriendo cierta dinámica con el tiempo, hecho que le ha permitido introducirse en diferentes terrenos, mostrando una versatilidad profunda, permitiendo distintas aplicaciones destinadas a contrarrestar la celeridad característica de nuestros días.

 Slow food

Como hemos comprobado el eje vertebrador del movimiento Slow nace en el terreno alimenticio, en clara oposición a la proliferación de la cultura del fast food exportada por los Estados Unidos. No debemos olvidar que somos lo que comemos y aunque en esencia seamos básicamente hierba, pues o bien nos alimentamos de vegetales, cereales y legumbres o bien de animales que se alimentan de éstos mismos elementos, la gastronomía juega un papel capital en el movimiento Slow.
Para el Slow Food, la comida dejan de ser un mero trámite calórico-vitamínico para convertirse en un auténtico viaje de los sentidos en los que el tiempo se diluye en una copa de buen vino, compañía ideal para una sucesión de platos con marcada denominación de origen. El paladar hace de vehículo perfecto para impulsar la interacción y hasta la espera entre plato y plato, se endulza con la incertidumbre de lo que vendrá después.
http://www.slowfood.com

 Slow cities

En las Slow Cities impera el equilibrio entre modernidad y tradición. Su gran aportación se concentra en una cincuentena de promesas destinadas a facilitar y armonizar el día a día en su seno.
De esta forma, los centros históricos son espacios peatonales en los que el tráfico y el ruido asociado desaparecen, fomentando el paseo tranquilo. Las grandes superficies son rechazadas en favor de los pequeños comerciantes de la localidad, favoreciendo los productos autóctonos.
Las casas se elevan al unísono, manteniendo la misma línea en las fachadas, altura y tejados. Los restaurantes elaboran recetas tradicionales del lugar a base de productos locales que son cultivados siguiendo los postulados de la agricultura y ganadería ecológicas, ideal para preservar el sabor de los alimentos, así como para favorecer los biorritmos de la tierra en función de la estación del año. El tiempo parece pararse para favorecer la reflexión existencial de sus conciudadanos y visitantes.
http://www.cittaslow.net

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